Nuestra
historia

En 1962, en Trillo, donde el río Tajo pasa por delante de las casas, mi abuela Josefina estaba al frente del negocio.

Era emprendedora cuando casi ninguna mujer lo era: sacó adelante la pensión, la carnicería, la gasolinera y el bar de un pueblo que se conocía de memoria. En su barra se comía lo de siempre y lo de la tierra: trucha del Tajo, chorizo y lomo de orza, ensaladilla, tortilla. Comida de verdad, hecha con las manos y sin prisa.

Y una frase que repetía siempre que alguien le contaba un sueño: «De los cobardes no hay nada escrito.» Con ella te empujaba a lanzarte, a no quedarte con las ganas por miedo al riesgo. Me la tomé en serio.

Dos generaciones después, cojo el relevo y traigo a Madrid la misma esencia —su recetario, su producto, su forma de tratar a la gente— puesta al día, pero con el alma intacta.

Esto es Bar Tajo. Esto es por ella.

Gracias, abuela.

Retrato antiguo de JosefinaTrillo

De los cobardes
no hay nada
escrito

Josefina, Trillo

Taberna castiza